Época Post-Independencia
La Escuela Lancasteriana en América Latina
Una institución que ayudó a buscar alternativas para el desarrollo de la educación y el progreso material de América fueron las llamadas Sociedades de Amigos del País las cuales existían ya desde el siglo XVIII y fueron las que: fundaron en muchas provincias escuelas, gracias a la promoción de las cortes españolas; una de sus preocupaciones fue la de fomentar la educación elemental y desde 1817 se estableció una escuela de enseñanza mutua, para tratar de experimentar con este método que parecía la solución por su bajo costo. Este método lo propagaron los ingleses Lancaster y Bell para mejorar la educación de las clases populares. Tenía la ventaja de que con un profesor se podía enseñar a 600 niños.
Desarrollo y aplicación del Método En cuanto al método, el sistema lancasteriano representó la posibilidad de realizar uno de los grandes ideales de la Independencia: el desarrollo de una nación fuerte y vigorosa, construida sobre el cimiento de sus hombres instruidos. En cuanto a México, «la Compañía Lancasteriana, fundada en 1822, vino a dar el primer impulso serio a la educación popular, con el empleo del sistema de “monitores”. La Escuela Lancasteriana, si bien es cierto que obtuvo pocos éxitos, significó una reacción a los métodos tradicionales hasta entonces empleados en materia de enseñanza».
La escuela lancasteriana se orientó principalmente para llegar a las clases populares: «La Compañía se empeñó en servir a las clases más pobres, y sin duda fue el único esfuerzo sistemático en la educación pública de esta época, ya que a pesar de esfuerzos legislativos para ofrecerla gratuita obligatoriamente de los 7 a los 15 años, poco pudo hacerse por la penuria hacendaria».
Una de las pretensiones del sistema lancasteriano era suplir la falta de maestros, que como hemos visto era evidente en América Latina en la primera mitad del siglo XIX como resultado de las guerras de independencia se encontraban en una situación lamentable: pocos recursos, pocas escuelas, maestros mal pagados y escasos, y prácticamente nulos sistemas de educación pública. En este sentido la ventaja del sistema lancasteriano consistía en utilizar a los alumnos de mayor edad y adelanto para que instruyeran a los más pequeños y menos avanzados; estos monitores, después de escuchar al maestro, repetían las lecciones a grupos de 10 a 20 niños, quienes de acuerdo con las ideas de Joseph Lancaster y Alexander Melville Bell (creadores del método pedagógico de la enseñanza mutua), debían sentarse en semicírculo en torno al expositor. Los inspectores se encargaban de vigilar a los monitores, de distribuir el material y de señalar cuáles de los alumnos debían ser premiados o sancionados. La escuela lancasteriana introdujo el empleo de mapas, carteles y areneros, y los ejercicios de dictado.
Hay que señalar que el sistema era valorado por la capacidad de eficiencia que mostraba pues el método a juicio de sus entusiastas propagadores, permitiría impartir educación primaria a un millar de niños simultáneamente con el empleo de un único maestro, auxiliado en sus tareas por los alumnos más aventajados como monitores, y apelando a campanillas y silbatos que convertían el aula en algo demasiado semejante a un cuartel, con su régimen militarizado y su rígida disciplina. Pero a pesar de todos los reparos que solían hacérsele cabe reconocer que, de alguna manera, significaba una respuesta posible al problema que planteaban los numerosos niños que no podían concurrir a la escuela.
Existía un horario para la impartición de clases y un mobiliario mínimo, pero suficiente para el desarrollo de las actividades. De igual forma, se fue configurando todo un programa de lecciones, que permitía el desarrollo del estudiante según sus capacidades:
En las escuelas mutas los niños se dividían en grupos de diez; cada uno recibía, la instrucción de un monitor, que era un niño mayor y más adelantado, preparado por el director de la escuela. El horario general era de 8 a 12 y de 2 a 5 de la tarde. Los monitores debían llegar a las 6 y media para recibir instrucción sobre lo que iban a enseñar. Se utilizaban salones muy grandes, con largas mesas y bancos. Las mesas tenían una lámina cuadrada en alto, donde el monitor ponía la lección. Cada asignatura estaba dividida en diversos niveles y los niños iban pasando independientemente de un nivel a otro en cada una de las asignaturas; lectura, escritura, aritmética y doctrinas cristianas y civil. De esa manera, se podía estar adelantado en lectura y atrasado en otras asignaturas. Cada uno seguía su propio paso».
Se contaba con un elemental material didáctico para enseñar a leer y a escribir y se ponía especial interés en despertar la actividad del niño, evitando que se aburriera: Las mesas tenían unas cajillas llenas de arena donde los niños escribían con un palito, y sólo hasta que habían aprendido bien, se les permitía usar tinta y papel, materiales muy caros. La idea central del sistema era evitar que el niño se aburriera, manteniéndolo constantemente activo. Pero las necesidades mismas de un sistema que concentraba clases con más o menos 150 niños en el mismo salón, requería mucho orden y silencio, cuyo logro se confió a un sistema de premios y castigos.
Una tarea del director era rayar el papel para que posteriormente fuera utilizado por los alumnos para la escritura. Al terminar la clase de escritura, sonaba la campana, los niños se levantaban de sus mesas e iban a los pasillos a formar grupos semicirculares. Estos “semicírculos” eran otro rasgo distintivo del sistema lancasteriano. En el centro de cada uno se paraba un monitor al lado de uno de los carteles de lectura, colgado de la pared o en un tablero. Con su puntero de otate, el monitor señalaba las letras, sílabas y lecturas escritas en el cartel. Los niños de la primera clase aprendían a reconocer y pronunciar las letras del alfabeto, primero las mayúsculas y después las minúsculas. El método lancasteriano era de “silabeo”, o sea, después de saber las letras individuales, se aprendía a leer una consonante con una vocal en forma de sílaba.
En la clase siguiente leían las palabras y oraciones y los niños más avanzados leían en libros. Para Bolaños Martínez «el principio básico del sistema lancasteriano eran mantener al niño en actividad constante, siempre aprendiendo algo del instructor en un pequeño grupo. Se insistía mucho en que cada niño debía tener algo que hacer en cada momento y una razón para hacerlo».
Uno de los elementos que con el paso del tiempo serán fuente de críticas del método lancasteriano será la disciplina, la cual regularmente era muy rígida, pues era considerada como necesaria para mantener el orden en clases tan numerosas: Pero las necesidades mismas de un sistema que concentraba clases con más o menos 150 niños en el mismo salón, requería mucho orden y silencio, cuyo logro se confió a un sistema de premios y castigos. Éstos iban desde arrodillarse y poner los brazos en cruz, hasta golpes con la palmeta. También se les condenaba a llevar colgados una tarjetas que decían “puerco”, “soberbio”, “pleitista”, “modorro”. Los premios, consistentes en medallas de plata, se otorgaban a fin de año en los certámenes públicos. Para esa ocasión, la Compañía regalaba a los más pobres “desde zapatos hasta sombrero.




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